Los ladrones no quieren Microsoft

Este blog nació con un post en el que afirmaba que Silicon Valley no era más que un polígono como cualquier otro. Le añades el marketing perfecto de los norteamericanos y el rollo de los hippies creando empresas de tecnología y parece que estás en un paraíso y eso no es así. Aseguraba además que era un lugar cutre. Pero es que además es surrealista.

Aunque la sede central de Microsoft no se encuentra en Silicon Valley sino en Redmond, en el estado de Washington, tiene un centro de I+D en el polígono. Y es aquí donde ha ocurrido un hecho sorprendente: la última semana de diciembre entraron a robar en las oficinas que la compañía tiene en este lugar de California, según ha informado el diario local Palo Alto Daily Post.

Artículo del Palo Alto Daily Post en el que se informa del robo.
Artículo del Palo Alto Daily Post en el que se informa del robo.

Lo curioso del caso es que los cacos sólo se llevaron cinco equipos valorados en 3.000 dólares… ¡equipos de la marca Apple! Cuando los trabajadores de Microsoft se dieron cuenta de las sustracciones vieron que no había desaparecido ni una sola máquina con tecnología de la empresa creada por Bill Gates. A los ladrones no les interesaron ni sus tabletas, ni sus Windows Phone ni sus ultrabooks. Sólo querían iPads y eso fue lo que choricearon.

La cuestión es, ¿para qué quieren en el centro de investigación y desarrollo de Microsoft los iPads? Se me ocurren dos cosas. O bien que sus trabajadores desarrollan para MS, pero sus productos les parecen una castaña y para su trabajo prefieren Apple o lo que sería más grave, aunque menos sorprendente, para copiar lo que hace su competencia. ¡Pues valiente mierda de centro de I+D! Venga, pase que en los principios de Microsoft tuvieras que copiar a Apple para tener éxito con Windows, pero, a estas alturas de la vida y con la pasta que tienen, ¿todavía sigues copiando y te llevas los propios equipos de la competencia al centro de desarrollo? Según publica The Guardian, los iPads fueron robados de unas dependencias en las que se desarrollaba nuevo software para productos de Apple. Claro, y los ladrones sabían perfectamente donde estaban esas dependencias y fueron directamente a ellas. De hecho me lo estoy imaginando: en la puerta de entrada a esa sala hay un cartel bien grande que reza: “Aquí desarrollamos para Apple y sólo trabajamos con iPads. No se admiten productos Microsoft detrás de esta puerta”.

De todas formas es que los hurtos están a la orden del día en cualquier parte del mundo, pero ¿qué es lo que ha fallado para que unos chungos de poca monta hayan entrado en el edificio de Microsoft? Es de suponer que una empresa tecnológica puntera (al menos hasta hace unos pocos años) tenga unas medidas de seguridad apropiadas para impedir que entre cualquier chorizo. Pues parece que no. Además tal y como se asegura en el periódico, en Microsoft no saben a ciencia cierta cuándo se produjo el robo y creen que tuvo que ser entre el 19 y el 26 de diciembre del pasado año. Pero, ¿qué sucede en Microsoft? ¿Cuánta gente trabaja allí? ¿Acaso están todo el día de farra y necesitan de una semana entera para darse cuenta de que les han mangado? Claro, con este nivel, no me extraña que el CEO de Nokia esté pensando en dejar Windows Phone para pasarse a Android (por cierto, estupenda entrevista de Manuel Ángel Méndez). El colega debe estar temblando por lo que pueda suceder con las patentes de su empresa. Si en Microsoft entran, roban y ni Dios se da cuenta es que falla algo.

Me inclino a pensar que ese día el personal de seguridad consistía en un par de seguratas que, por supuesto debían estar viendo algún partido de la NBA, sentados en sus sillas y los pies en la mesa mientras se tomaban unas Budweiser. En definitiva, los de seguridad estaban colgados, de la misma forma que lo está Windows en tu ordenador. Algo tenían que aprender del sistema operativo, digo yo

El robo ya está hecho así que ahora en Microsoft deberán tomar medidas de seguridad. Claro que van a tener un problema puesto que lo mismo es que están tan centrados en la protección de sus diferentes herramientas que se les ha olvidado cómo se hace eso de la seguridad física. Así que lo más probable es que a partir de ahora cuando los empleados vayan a trabajar se les aplique los conocidos parches de seguridad de Windows, sólo que en la vida real:

–          Perdone, -le dice el segurata al empleado que atraviesa la entrada– ¿me enseña su identificación?

–          Sí, aquí la tiene –responde el trabajador-

–          Lo siento, pero no vale. No tiene instalados los últimos parches de seguridad en su polo (recordad: en Silicon Valley trabajan en “T-Shirt & Jeans”). Pase por aquella sala en la que la modista coserá a mano y con hilo acrílico de última generación las nuevas funcionalidades.

Tres horas después el empleado ve como en su camiseta han zurcido unas etiquetas especiales que le permiten el acceso a la sede.

Cuando el problema para él parece haber acabado, vuelve a surgir en el momento de la salida. Justo en ese preciso instante en el que uno más desea largarse de la oficina para instalarse en el sillón de su casa.

–          Disculpe, -le frena el de seguridad- pero no puede salir del recinto.

–          Anda, ¿y eso? –pregunta incrédulo-

–          Desde que acontecieron los robos del iPad hemos establecido nuevas medidas de seguridad y estoy viendo que usted no está actualizado correctamente.

Así que cuando el tipo creía que se iba a poder ir a su hogar, resulta que le meten en una sala a darle un curso acelerado sobre lo que se debe y no se debe llevar a la oficina, el tipo de ropa, la nueva forma de dirigirse a los clientes y un largo etcétera que le retienen otras tres horas. Transcurrido ese tiempo, ya está actualizado. El individuo cree que con los parches y las actualizaciones ya está todo resuelto, pero será a partir de la semana siguiente cuando se dé cuenta de que en Microsoft son muy pesados y los parches y las actualizaciones son una constante real y no virtual cada semana. Algunas veces sufrirá acosos de este tipo varias veces al día. En otro momento alguien le dirá: “se está quedando sin espacio en sus cajones, ¿desea que alguien le aconseje que eliminar?” Pero el problema de verdad vendrá cuando alguien le venga con una pantalla azul. En ese momento, el empleado se echará a temblar.

Tal vez por motivos como estos en Microsoft tenían equipos de Apple en las oficinas: porque los de Apple son unos obsesos del diseño, pero no putean al usuario constantemente con actualizaciones ni mandangas.

Musicalmente, la noticia de la semana se encuentra en que David Bowie, después de diez años, ha anunciado que sacará un nuevo disco en el mes de marzo. El adelanto es este tema que para mi gusto no es de lo mejor del cantante británico y creador del Glam Rock. Así que prefiero muchas otras canciones suyas, pero hoy me decanto por “Modern Love”.

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Facebook, ese patio de porteras

Nunca me he fiado del Facebook. Me parece un auténtico patio de porteras. Ese lugar en el que la vecina se encuentra con la señora de la limpieza cuando baja en el ascensor y entre las dos, mano a mano, se ponen a destripar a todo bicho que habite en la comunidad de vecinos:

– ¿Te has enterado de lo que le ha pasado a la pobre de la Virginia?

– ¡Uy, pues no! ¡Cuenta, cuenta!

– Pues resulta que el otro día se encontró con la Puri, la del cuarto, y que a grito pelado, para que se enterara toda la escalera, le dijo que le había dejado una mancha de aceite en el felpudo y que le tenía que pagar la tintorería porque era un regalo de su Antonio, y claro, no lo iba a dejar así.

– Si es que la Puri es un despojo humano. Además, no sabe cocinar. Cada vez que se pone a ello, tengo que cerrar todas las ventanas porque me llena la casa de olores. Me he enterado de que andan mal de dinero en su casa y de que tiene que comprar lo peor que hay en el mercado.

En esto se vuelve a abrir la puerta del ascensor y aparece la Puri que súbitamente, se ha transformado en doña Purificación. Y esa misma señora a la que tres segundos antes estaban poniendo a caldo, se convierte por arte de birlibirloque en una afable y dispuesta vecina a la que tanto la señora de la limpieza como su amiga de chascarrillos adoran.

Eso es Facebook. En virtual, eso sí, pero un lugar para el cotilleo y la satisfacción del morbo de las personas. Un sitio, virtual, pero no tanto, en el que la gente necesita saber lo que ha comido el supuesto amigo al que no ve desde hace 20 años. Un lugar, virtual, pero muy real, en el que las relaciones se basan en un “me gusta” y en informar al personal de que la noche anterior te has hinchado a beber copazos de kalimotxo y en un estado lamentable, te has estado haciendo fotos con tu pandilla que, en un momento de nula lucidez, decidiste publicar en el Facebook para risión de esa ingente cantidad de “amigos” y para bochorno tuyo al día siguiente (porque entérate: has cedido al Facebook toda la propiedad intelectual y Zuckerberg puede ahora hacer con la imagen de tu borrachera lo que quiera).

Y es que la terminología de la palabra amigo ha sufrido un cambio radical desde que existe Facebook. ¡Vamos, no me jodas! Si es que hasta para establecer una interconexión entre dos personas es de una ñoñería absoluta: “Pitiflín quiere ser amigo tuyo”. Yo soy el Zuckerberg ese y habría añadido “¿le ajuntas?” Y es que el Facebook trata al usuario como si fuera un adolescente que le dice a la amiga de turno: “¿Quieres salir conmigo?”

Lo cierto es que me da que pensar, puesto que a lo mejor sí que tenemos una mente de 14 años y a la gente le gusta exhibirse y contar su vida con pelos y señales. Yo de hecho he pensado hacerme una cuenta en Facebook pero para ir al rollo escatológico. Pondría cosas como “estoy hablando con Roca” o algo por el estilo. Total ya puestos es lo único que le falta por comentar a la gente.

Pues mira, chic@: No me interesa tu vida. Me da igual si te estás tomando un Brugal con Coca-Cola en el bar de enfrente de tu casa o si estás en el cine acompañado de doce amigos más.

Pero hay algo que todavía odio más del Facebook y esto sucede en el momento que vas a una boda. Cuando era un niño tenía auténtica ojeriza al tío segundo ese que se encuentra en todo casamiento y que sólo ves en este tipo de eventos. Es decir, una vez cada tres años, más o menos. El caso es que ese tiparraco era el que con 12 años te cogía del moflete y te tiraba de él hasta que lo ponía del color del trasero de un mandril, mientras añadía el comentario: “Hay que ver como ha crecido el niño. ¡Si hasta le empieza a salir el bigotillo!” “Y a ti se te está desabrochando la camisa de lo que te ha crecido la barriga”, pensaba yo. Pues ahora el tío sigue existiendo, pero ya es mucho más mayor (y su barriga también) y no se interesa por esas cosas del “Interné”. Pero claro está, le ha sustituido su hij@. Ese prim@ segundo tuyo que, al igual que a su padre, ves una vez cada tres años y lo primero que te pregunta es: “¡Primo, cuánto tiempo! ¿No estás en el Facebook?”

– “No primo, no estoy”, le respondo yo con cara de aburrimiento

– “Anda, y ¿por qué no estás? Así podríamos estar más en contacto. Y además, te encontrarías con gente que no ves desde hace mucho tiempo”.

– “Ya, es que la tecnología y yo andamos regañados”, le contesto educadamente.

Pero la realidad –pienso- es que no quiero estar en contacto contigo porque me recuerdas a tu padre y a sus tirones de moflete. Tampoco me interesa tener relaciones virtuales contigo porque eres muy brasa y no quiero saber si has estado veraneando en Benidorm o si te has ido de crucero con tu novia. Y no, si hace mucho tiempo que no veo a alguien, por algo será. Así que si mi vida no ha sufrido distorsión en, digamos 25 años, después de haber perdido el contacto con el acusica de clase, no tengo el menor interés en que aparezca de nuevo en mi vida.

Porque por mucho que se empeñe Zuckerberg, los amigos del Facebook no son amigos. Ni tan siquiera son colegas. Son simplemente añadidos virtuales que se incorporan a la vida real de algunas personas y a los que parece que conoces desde tu más tierna infancia y eso es… ¡Mentira! En realidad son como las dos “marujas” del principio de esta historia que por lo único que destacan sobremanera es por su avidez de cotilleo.

Luego está el tema de la privacidad. Yo os lo dejo aquí por si os queréis leer este tocho mocho, pero un tipo que me dice que “Cuando eliminas contenido de Propiedad Intelectual (por ejemplo, tus fotos), éste se borra de forma similar a cuando vacías la papelera o papelera de reciclaje de tu equipo. No obstante, entiendes que es posible que el contenido eliminado permanezca en copias de seguridad durante un plazo de tiempo razonable”, no me parece muy de fiar.

Creo que con Facebook lo he visto todo en lo que se refiere a la capacidad humana para el chisme y el enredo. Casi como lo que ha debido ver este chavalito de 18 años y que compone música como los ángeles.

Silicon Valley: o cómo ser un poligonero con clase

Recientemente estuve por primera vez en Silicon Valley. Cuando uno está acostumbrado a oir hablar de forma machacona sobre ese lugar se espera algo… No sabría muy bien cómo explicarlo, pero las expectativas no son las de que sea un  simple polígono. Con clase y categoría, eso sí, pero un mero polígono de esos que tanto abundan en nuestro país.

Así que visto lo que es, podemos llegar a la conclusión de que los que allí trabajan son poligoneros. Sí, con traje y corbata (bueno no, los de Google van en vaqueros y camiseta y juegan al futbolín) pero poligoneros al fin y al cabo. Estoy seguro de que si me hubiera puesto a indagar más hubiera descubierto esos bares con olor a grasaza en los que en vez del bocata de calamares y la ración de entresijos y gallinejas, (eso ocurre en los de Madrid) te ponen la hamburguesa gigante chorreando ketchup y mayonesa a tutiplén (esto debería ocurrir en los de EE.UU.).

Por supuesto en un buen polígono que se precie existe  el sexo de pago reclamando atención a cada conductor que se acerque por allí.  En el polígono tecnológico eso no existe o, al menos se encuentra escondido. Tampoco se observa a los obreros de turno arreglando un tejado de uralita, con un Ducados en la boca y silbando “A la lima y al limón”. No, todo eso no se ve en Silicon Valley.

Y es que, el Valle del Silicio tiene caché. Tiene clase y categoría. También es aburrido. Es de un sopor pavoroso. Pero hay una cosa que siempre me he preguntado sobre este lugar. ¿Por qué diantres ahí nadie puede inventar cosas de una forma normal? No, ahí todo el mundo tiene que empezar en un garaje para poder llegar a ser alguien. Hombre, no digo yo que las empresas se tengan que crear en un palacio, pero ¿no sería más normal en el salón de una casa? Pues mira, aquí no tenemos el polígono del silicio. Los nuestros serán más cutres y sus calles están llenas de basura. Alguna que otra rata también se ve de vez en cuando. Pero Silicon Valley ni tiene chonis, ni bares en condiciones en los que tomarse un café con leche… porque todos los cafés de allí son de máquina dispensadora y la choni de San José (capital de Silicon Valley) es una señora ya entrada en años y que en algo sí se parece: roza también el esperpento pero por su sonrisa estridente y su voz de pito. Su nombre, claro está, es Kate. KT para los amigos. La choni española,  por el contrario,  se llama Vanessa. Sus colegas la llaman “la Vane”

Nuestros polígonos no los irá a visitar ni Dios, porque no aparecen en las guías turísticas. Pero es que hay que ser cazurro para ir a visitar el garaje en el que nació HP. No logro imaginarme a alguien que vaya a Arteixo con un colega y le diga: “Mira tronco, ¡qué fuerte!, en ese local nació Zara. ¡Cómo mola el garito!, ¿eh?” Y sí, Silicon Valley aparece en las guías y la gente se emociona pasando por los edificios de Microsoft o de Google. Y el taxista se enorgullece y muestra la sede de Cisco como si fuera el Coliseo Romano.

Pero si es que ¡hasta tienen postales! Es que se trata de algo muy serio. Pensad por un minuto que váis paseando por la Puerta del Sol de Madrid o por las Ramblas de Barcelona y os paráis en un quiosco para comprar la típica postal:

– “Mira, la Puerta de Alcalá”

– “Anda, la postal de la Sagrada Familia”

– “Pues esta sí que mola: El Polígono del Ventorro del Cano”

No queda serio, ¿verdad? Pues a los norteamericanos les parece lo mejor del mundo.

Así que no se engañen y que no les timen. Silicon Valley es una mierda en el más puro sentido turístico. Vayan al polígono tecnológico de Tres Cantos en Madrid y visto uno, visto todos. ¡Poligoneros!