Zuckerberg se acojona

Mark Zuckerberg.
Mark Zuckerberg.

Una pasta gansa es lo que acaba de soltar uno de los creadores de Facebook, Mark Zuckerberg, en comprar Whatsapp. El montante total puede ascender hasta alcanzar los casi 19.000 millones de dólares. Cuando un patio de porteras como es Facebook desembolsa semejante cantidad de ceros por, recordémoslo, una simple aplicación, quiere decir dos cosas: O nos encontramos ante un temerario o ante un tipo que está acojonado. Me inclino por esta segunda opción.

Zuckerberg es un personaje que no es un gurú, ni un visionario, por mucho que algunos pretendan hacernos creer lo contrario. Le falta mucha categoría para llegar al nivel de Steve Jobs o de Bill Gates, por poner sólo algunos ejemplos. Más bien parece un niño caprichoso que, sí, ha tenido mucho éxito con una idea que no fue exclusivamente suya, y que en los últimos años parece estar en declive.

Porque Facebook sólo es un juguete. Y de los juguetes, al final, te acabas cansando. No es más que un entretenimiento barato que ha perdido su principal valor: la novedad. Una novedad que se inició en una era que ya ha muerto, la del PC, y que permitía conocer qué era de  aquel exnovio que tuviste en tu adolescencia, qué fue de esa amiga íntima de la infancia o en qué ha acabado la vida del niño repollo con el que tenías que compartir pupitre.

El mundo tecnológico siempre ha sido cambiante, pero en los últimos años, esos cambios se producen de una forma cada vez más rápida y acelerada y la realidad es que ahora todo pasa por el mundo móvil y lo que queremos es información breve, concisa y al instante. Y en eso Facebook no es ágil, porque la gente ha pasado de compartir sus cosas allí a hacerlo en los grupos de Whatsapp y porque prefiere lanzar emojis en lugar de darle al “me gusta”.

Por eso, y como han puesto de manifiesto numerosos estudios, empieza a no interesar. Sobre todo a las nuevas generaciones de jóvenes. Porque al final, acabas cansado de los gustos de ese amigo tuyo que nunca lo fue y que se encuentran en las antípodas de los tuyos y porque estás hasta las narices de las cosas que comparte la maruja de tu vecina. Y al final, poco a poco, vas abandonando al niñato de Zuckerberg.

Es aquí donde al pseudo gurú le entra el pánico (y se acojona). Y como no quiere que esa tremenda base de datos que maneja a su antojo se le reduzca, hace como algunos de los usuarios de twitter: comprar seguidores. Y comprarlos al precio que sea: Primero fue Instagram y ahora lo hace con Whatsapp, una empresa con más de 400 millones de usuarios en todo el mundo que pasamos a engrosar las bases de datos del niñato de White Plains.

Conviene recordar algunas claves del éxito de Whatsapp: Sus creadores se han cansado de repetir que no venden publicidad (y por eso cobran ese simbólico euro por poder utilizar la app) y que no quieren convertirse en una red social. ¿Qué sucederá a partir de ahora? Pues, en mi caso, que no estoy ni voy a estar en Facebook, voy a empezar a probar otros servicios de mensajería como Telegram que de momento ya me acabo de instalar. Cuando la mayoría de mis colegas y familiares (salvo aquellos que tienen un iphone de primera generación y no quieren cambiarlo a pesar de que no se puedan instalar determinadas apps) se encuentren allí o en cualquier otro como Line, mi relación con Whatsapp habrá finalizado. Porque si sigo haciéndolo, lo más probable es que Zuckerberg me acabe por vender todo tipo de publicidad o lo que es peor, decida en un momento dado, que yo, como usuario de Whatsapp, tenga que aceptar un acuerdo de utilización similar al que hay en Facebook: “nos concedes una licencia no exclusiva, transferible, con derechos de sublicencia, libre de derechos de autor, aplicable globalmente, para utilizar cualquier contenido de PI que publiques en Whatsapp o en conexión con Whatsapp (en adelante, “licencia de PI”)”.  Porque Zuckerberg, poco a poco, se está convirtiendo en Sauron y sólo le falta añadir aquello de “una red para gobernarlos a todos”. Pues lo siento: no me da la gana.

Ahora bien. Me va a gustar ver la reacción de todos aquellos que se quejaban de que tenían que pagar ¡un euro al año! cuando el amigo Zuckerberg les empiece a lanzar mensajes personalizados y publicitarios a través del Whatsapp. Claro que si ese euro lo deja de cobrar, estoy seguro de que al personal le va a dar igual compartir tu intimidad con el maldito Zuckerberg.

El vídeo musical de hoy corre a cargo de Kasabian, una banda indie británica aparecida en la pasada década que bebe de la influencia de grupos del denominado sonido Manchester como The Stone Roses.

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El maldito “revival” ochentero

Loro de doble bafle acoplado a señor bigotón con pelo cardado.  (Fuente: torontosun.com)
Loro de doble bafle acoplado a señor bigotón con pelo cardado. (Fuente: torontosun.com)

Llevamos varios años en los que la década de los ochenta parece haberse instalado en nuestras vidas. Dada la cochambrosa situación que nos rodea, nos hemos retrotraído al pasado y descubierto que hubo una década en la que fuimos felices: sí, la de los ochenta. Programas, libros, artículos de prensa y hasta espectáculos teatrales hacen referencia constante a sucesos acaecidos en esa “época prodigiosa”. No queremos reconocer que vivíamos mucho peor. Y no nos acordamos de que por ejemplo más de un profesor debería haber acabado en el truyo por su metodología correctiva del comportamiento del alumnado, ni de que te jugabas la vida cada vez que estabas en un parque público y se te ocurría tocar una de las muchas jeringuillas que te encontrabas en cualquier árbol. Preferimos recordar lo maravillosa que era “La bola de Cristal” y olvidarnos de lo hortera que era el programa de Eva Nasarre. Por supuesto nos quedamos con la música de Radio Futura o Siniestro Total pero nos olvidamos que en la radio sonaba a todas horas bodrios de la talla de Europe con su Final Countdown o Baltimora con su Tarzan Boy por no hablar directamente del fraude que eran Milli Vanilli.

¿Y qué me decís de la tecnología? Pues nada, que también lo añoramos de verdad: preferimos tener que levantarnos del sofá para cambiar el canal de la televisión y mover los cuernos del aparato para obtener una sintonía decente. Mejor la cochambrosa cassette que el MP3, ni punto de comparación el diskette con el pincho USB de 64 Gb. Por supuesto donde se encuentre cualquier teléfono Heraldo con ese cable en el que se formaban unos nudos que ni el mejor marinero podía desenredar, que se quite el mejor smartphone del mercado.

¿Estamos tontos o qué? ¿De verdad queréis regresar a los ochenta? ¿Queréis perderos el Whatsapp, la Playstation, el cine en HD? ¿Prefieres utilizar un walkman y tener que rebobinar la cinta con un boli BIC que escuchar la música en Spotify? ¿En serio que te lo pasabas mejor jugando al Atari Pong que al FIFA? ¿Por qué no te dejas de tanta tableta y ordenador portátil y desempolvas ese Commodore Amiga 1000 con sus 256KB de memoria RAM y descubres de nuevo cómo puedes trabajar a velocidades de vértigo? Hablando de trabajo, estaría genial defenestrar ese invento del demonio llamado e-mail y volver al fax. Y nada de fotografía digital. La diapositiva es lo más. Si vas a una fiesta con un estupendo cardado y unas hombreras de puta madre y te plantas en mitad de ella con un proyector de diapos, te convertirás en el auténtico hipster ochentero.

La realidad supera siempre a la ficción y es que existe gente con la que la vida del siglo XXI no va con ellos. Este es el caso de una familia canadiense que ha decidido convertirse en unos amish de los ochenta. Por un año han optado vivir con la tecnología de 1986. Nada de Internet, ni de Facebook (en esto salen ganando) ni de tabletas. Ni siquiera los CDs están permitidos. El colega, al que se puede ver en la imagen de este post (el pelo cardado y el bigotón  merecerían comentario aparte), prefiere el loro de toda la vida con doble altavoz para tronar a todo el vecindario (aunque la revolución en este tipo de aparatos vino con la doble pletina y el auto-reverse).

El e-mail ha sido sustituido por correspondencia tradicional, de tal forma que sus allegados se enteran de las noticias familiares con tres días de retraso. La familia vive en una burbuja ochentera en la que no sabemos si en algún lugar del salón han colocado la discotequera bola de espejos para las noches de farra y desenfreno.

Estos canadienses tomaron esta decisión “por el bien de los niños” para que no estuvieran todo el día enganchados a la tableta ni a los dispositivos electrónicos que para ellos deben ser algo así como satán. Pero tal vez deberían haberse retrotraído un poco más atrás en el tiempo ya que, si se ponen, los pequeños diablillos podrían tener ante sí un mundo lleno de aparatos tecnológicos propios de la época como el Spectrum de 128k o las Nintendo Game Watch con las que todos crecimos en los años 80. Y ya puestos, si alguien escarba en casa de sus padres seguro que pueden enviarles películas para que los infantes las vean. Se admiten los formatos de vídeo VHS e incluso Betamax.

Con todo esto, ¿seguís queriendo retrotraeros a la década de los ochenta? Pues si estáis decididos, adelante. Para que vayáis encontrando vuestro sitio en esos años, la música la pone The Cure. Esta década dio también cosas muy buenas y una de ellas es este grupo cuyo cantante, Robert Smith es el auténtico rey del cardado.

Menos set de costura y más WiFi

¿Por qué cuesta tanto tener WiFi aceptable en un hotel?
¿Por qué cuesta tanto tener WiFi aceptable en un hotel?

Durante los últimos días he asistido al VMworld que se ha estado celebrando en Barcelona. No voy a hablar aquí de lo que ha dejado el evento en cuestión, pues eso ya lo he escrito para BYTE TI, pero sí de uno de los detalles que me llaman la atención cada vez que salgo de viaje y que nunca he mencionado.

Normalmente, a los periodistas nos alojan en hoteles que la inmensa mayoría de nosotros no pagaríamos si fuéramos de vacaciones o a pasar un fin de semana de ocio y relax. Por ejemplo, en este caso, el hotel es un conocido cinco estrellas superior de la ciudad condal. La categoría mínima de los hoteles a los que vamos es de cuatro estrellas y es de ellos sobre lo que voy a hablaros hoy. Concretamente de su equipamiento, tanto tecnológico como de otras fruslerías que te encuentras una vez que pasas el umbral de la puerta de la habitación.

Cuando uno llega a uno de estos alojamientos, lo hace con dos intenciones: descansar y encontrar facilidades para desarrollar su trabajo. La primera se logra con creces, sólo faltaría, pero en el segundo de los casos, a veces, he encontrado mayores facilidades en un hotel medio que en uno de estos denominados de lujo.

El primer problema y el más complicado de solucionar es el del WiFi. Vamos a ver, si estás pidiendo 300 euros por noche, lo normal es que el WiFi me lo ofrezcas incluido en ese precio. Si un McDonald’s lo ofrece por tomarte una cheeseburger, el del kiosco de prensa te lo da también sin ni siquiera tener que comprarle el periódico y el autobús de la empresa municipal te lo regala para hacerte más placentero el trayecto al trabajo, ¿por qué una buena parte de estos hoteles te lo cobran como un extra y al módico precio de 20 euros por día? Vale, estamos de acuerdo. Eres un hotel con clase y distinción. Eres glamouroso y en la entrada principal tienes siempre atasco de Porsches y Lamborghinis. Por supuesto, estás en tu derecho de clavar cinco euros por un mini-envase de Pringles, aunque sean las mismas que vende el chino de abajo, pero hombre lo del WiFi ya no es como hace una década, que te permitía venderlo como un extra y como algo que te diferenciaba de la competencia. Ahora no. Cobrar por una cobertura wifi ya no te reporta clientes. Muy al contrario, te los quita.

Pero no acaba aquí la historia. En la mayoría de los casos la conexión va a pedales. ¡Coño! ¡Ya que me cobras, por lo menos intenta que la conexión funcione en condiciones decentes! Pero es que, aunque lo ofrezcas de forma gratuita y lo incluyas dentro del precio de la habitación, también deberías hacer que el WiFi fuera de una calidad, al menos, aceptable. Claro, encima engañas al cliente y si uno de tus huéspedes te reclama la nula cobertura normalmente se soluciona con un: “No se preocupe señor, ya hemos avisado a los técnicos y van a resolver el problema”. Ah, en ese caso ya me quedo mucho más tranquilo, sólo que es en ese instante cuando empiezas a ver la imagen del técnico de marras y te imaginas a un señor, Ducados en boca, que lo único que hará será encender y apagar el router y obviamente… ¡el WiFi sigue sin funcionar!

He estado en hostales y hoteles modestos y la cobertura inalámbrica funcionaba como un rayo, así que muy posiblemente preferiré que me pongas una conexión buena a que me encuentre entre las “amenities” un mini set de costura con aguja y diferentes tipos de hilos y botones, que muy posiblemente nunca utilizaré durante mi estancia.

Otro de los problemas habituales que uno se encuentra es el de los enchufes. En muchos casos, no hay ninguno libre y como lo que prima es el diseño de la habitación están escondidos. En realidad tiene su lógica: si tú no encuentras el enchufe, llegará un momento en que no podrás disfrutar de la mierda WiFi que te ofrecen. Pero yo soy muy intenso y si no lo encuentro me dedico a indagar dónde acaba el cable eléctrico de la lámpara para poder conectar el cargador de mi smartphone o el del portátil. Porque sí, en muchas habitaciones sólo te encontrarás a primera vista un enchufe: el del baño, pero con un cartelón enorme encima de él en el que te advierte de que sólo puedes usarlo para conectar una maquinilla de afeitar, así que ni se te ocurra enganchar el cable de tu tableta porque lo más lógico es que pueda estallarte en la cara.

Eso sí, igual que los enchufes brillan por su ausencia (o por estar más escondidos que el dinero de Urdangarín) teléfonos hay unos cuantos. Concretamente en este último hotel había ni más ni menos que cuatro: Dos en las mesillas de noche, otro en el escritorio y otro más en el baño, pegadito al retrete. ¿Para qué? ¿Acaso si tengo un apretón me van a entrar unas ganas locas de empezar a llamar a través del teléfono? ¿No sabéis que muchos usuarios se llevan el móvil mientras están en el baño? De verdad que no entiendo por qué a nadie se le ha ocurrido pensar que cuatro teléfonos en una habitación son innecesarios. Sin embargo, se agradecería que pudieras tener unos altavoces para poder conectar el smartphone y escuchar la música que llevas en él. Vamos a aceptar que tener un WiFi en condiciones es compilcado pero ¿tanto cuesta poner una regleta de enchufes en el escritorio?

Finalmente entramos en el apartado de televisión. Normalmente son aparatos gigantes, con el volumen “capado” no sea que te vaya a dar por poner el Surround a todo trapo y molestes al de la habitación contigua. Mal, eso está muy mal: deberías tener una insonorización decente. Esto se consigue con unos tabiques más robustos. Pero, no obstante ese no es el mayor problema: te has dejado una pasta en poner una Smart TV en todas las habitaciones y ¡la colocas en una esquina, alejada de la cama de tal forma que el huésped tenga que hacer verdaderos ejercicios de contorsionismo para poder ver la tele!

Podía seguir con más cosas como esas duchas en las que el agua no llega con presión, o esa manía de tener puesto el aire acondicionado a todo trapo de tal forma que uno parece que entra en el Polo en vez de en una habitación de hotel. O la que a mi me parece más curiosa y que se encuentra en hoteles de todo tipo de categoría: ¿alguien se pone los zapatos con calzador o soy yo el único raro que se compra los zapatos de su número y por ello no le doy uso?

Así que dado que hablamos de hoteles había pensado en dejar un vídeo de Iggy Pop, el de su tema, The Passenger, pero he preferido elegir este otro, con mucho más ritmo y cuya música fue tan bien aprovechada en el inicio de la película Trainspotting y que lleva por título Lust for Life.

Smartphones para chonis

El nuevo gold iPhone 5s.
El nuevo gold iPhone 5s.

Como si no tuvieran cosas más importantes de las que preocuparse los fabricantes de teléfonos móviles están ahora enfrascados en una guerra de colorines. Todo ello porque a Apple se le ocurrió presentar uno de sus últimos modelo de terminal en color dorado. Sí, es hortera a más no poder y el teléfono parece más apropiado para una gran choni o para la frutera del mercadillo apasionada de los oros que para un ejecutivo que se precie.

Como no sólo de oro vive el hombre, los de Cupertino, pretenden vender su terminal de gama más baja, el iPhone 5c en una variedad de colores que ni el arcoíris. Esta habría sido una buena oportunidad para que Apple recuperara el modelo policromático de su logo, pero eso no, ese permanece en invariable monocromo.

El caso es que ha sido presentar sus nuevos teléfonos y el resto de fabricantes se han lanzado a la yugular. Lo sorprendente es que la munición con la que han atacado los competidores no iba dirigida a las características del teléfono sino, sorprendeos, a los colores empleados por Apple. El primero que inició las escaramuzas fue Nokia. Es verdad, los móviles de la finlandesa bien podrían montar entre ellos una auténtica bandera gay. Los tenían de todos los colores: rosa fucsia, verde fosforito, amarillo chillón… y sí Apple ha sacado sus nuevos teléfonos con colores igual de chillones. Así que nada más salir a la palestra a los de Nokia (o mejor Microsoft) les faltó tiempo para asegurar que estaban encantados con que Apple apostase también por introducirse en el maravilloso mundo del arcoíris.

Pero sin duda el que más ha dado que hablar es el iPhone 5s en color dorado. Sí, puede parecer una auténtica paletada propia de Cachuli o de Belén Esteban ir por la calle con un terminal de estas características, pero es el teláfono ideal para aquellos “quiero y no puedo”. Es decir: el nuevo rico. Paco el Pocero hay mogollón, pero por mucho que se lo propongan y mucha pasta que consigan reunir nunca llegarán a ser unos pijos integrales al estilo de Isabel Preysler. Para eso hay que pertenecer a otro status. Status al que no se llega de golpe. Así que el nuevo iPhone 5s puede convertirse en el móvil ideal para este tipo de gente y por tanto es de prever que tendrá un gran futuro en nuestro país, tan dado a mostrar a todo trapo sus posesiones más preciadas y más estrafalarias.

Lo sorprendente del caso ha sido la reacción de Samsung a la aparición de este nuevo móvil. Como si de repente hubieran cogido una pataleta propia del niño de dos años, los coreanos se han puesto a berrear. Y han empezado a hacer declaraciones y a sacar informaciones acerca de que ellos fueron los primeros en sacar al mercado modelos de móviles “cani” (como se puede ver en este blog de Samsung, a cual más hortera). Y se apresuraron en sacar un nuevo Galaxy S4 también en modelo oro. ¿A dónde te lleva esto? ¿Sois tan horteras que ahora hay que discutir sobre quién ha sacado antes un teléfono de determinado color al mercado? Pues venga, vale, hombre de ojos rasgados: vosotros fuisteis los primeros pero lo que pasaba es que en la época en la que sacasteis teléfonos con ese color, no liderabais el mercado: la gente apostaba por los Nokia e intentabais ganar algún punto de cuota de mercado con cosas como estas. Pero la realidad fue que ningún macarra encargado de reparar coches de choque se decantó por adquirir un terminal dorado. Él ya tenía más que suficiente oro con sus anillos y sus colgantes.

Yo en realidad, lo que diría a todos los fabricantes es que si Míster T (el actor que encarnaba a B.A. Barracus en el Equipo A) no pudo conseguir que todos nos aficionáramos a los oros es difícil que se consiga gracias a un modelo de smartphone dorado. Si nos ponemos estupendos, cosas más difíciles se han visto, pero me he tragado suficientes ruedas de prensa y eventos de lo más variado en los que se quería marcar tendencia, por ejemplo, con ordenadores, tabletas y móviles de color rosa “dirigidos específicamente al sector femenino y que estamos seguros que harán las delicias de todas las mujeres”. En esos eventos, sólo había que ver los caretos que ponían las periodistas cada vez que algún directivo machirulo soltaba alguna frase de este estilo para saber que ese producto no se iba a comer un colín.

Con los smartphones dorados me da que va a ocurrir tres cuartos de lo mismo. Más que nada porque tanto Apple como Samsung están equivocando el objetivo: el tipo que tiene clase (y el dinero por castigo) jamás se comprará ese tipo de terminal. Esos teléfonos sólo serán comprados por narcos, políticos corruptos, macarras con coche tuneado o marujas con abrigo de visón.

La música de hoy la pone un clásico: David Byrne y sus Talking Heads. Aunque es dificil seleccionar un tema entre toda la excelsa carrera de este grupo me he quedado con el tema “and she was”, aunque hay cientos para elegir en la trayectoria de este conjunto post-punk y una de las mejores bandas de la década de los ochenta.

Apple no es Ryanair

Los nuevos iPhones supuestamente "low cost".
Los nuevos iPhones supuestamente “low cost”.

Como es habitual cada vez que Apple presenta alguno de sus nuevos productos, el mundo tecnológico entra en éxtasis. En realidad, el clímax sólo se produce cuando se habla del iPhone en donde los medios, los blogs o las redes sociales se lanzan al sexo desenfrenado. La bacanal se transforma en mero sexo con protección si lo que la compañía de Cupertino presenta son, por ejemplo, unos nuevos iMac. Pero no ha sido el caso. La expectación ante el lanzamiento de los nuevos iPhone ya era brutal y como siempre los rumores sobre las características de los nuevos terminales empiezan a gestarse prácticamente desde que se presenta el modelo anterior (ahora mismo ya se empieza a comentar lo que traerá consigo el posible iPhone 6).

Uno nunca ha sido fanático de los dispositivos de Apple, salvo del primer iPhone que sí me sorprendió. El último modelo, el iPhone 5, no me pareció ninguna maravilla. De hecho son varios los modelos de smartphone que superaban al de Apple. Sin llegar a lo que supuso la aparición del primer iPhone, el nuevo 5S, sí que me parece que aporta cosas interesantes, sobre todo lo que se refiere al lector de huella dactilar, con lo que sólo el dueño del teléfono podrá tener acceso al mismo y permitirá, entre otras cosas poder realizar pagos de forma segura. Claro, les presentas esto a los iphoneros y a ninguno se le ocurre preguntarse cuáles son las desventajas de esta tecnología. Nos han comido tanto el tarro con el tema de la seguridad que no caemos en otras comsecuencias. Así, todo el mundo es felicísimo colgando fotos en el Facebook o dando rienda suelta a todo tipo de pensamiento que sólo compartiría en la calle con sus amistades más íntimas. Por ese motivo muy poca gente se habrá preguntado a dónde van esos registros de tu huella dactilar. Dado que vivimos en un permamente Gran Hermano y teniendo en cuenta que la NSA, la Agencia de Seguridad Nacional de EE.UU., ha afirmado que puede obtener la información que quiera de cualquier smartphone, esa innovación del iPhone (que por cierto ya probaron antes otros fabricantes como Toshiba) ya me gusta menos.

Cuando presentaron el iPhone 5 los locos de la marca de la manzana mordida ya se apresuraron a pregonar todo tipo de alabanzas sobre el mismo. Todos los demás teléfonos del mercado eran bazofia. Y fueron a la velocidad de la luz a comprar el cargador de coche porque a Apple le dio por cambiar el antiguo conector (no, en Apple son incapaces de poner un puerto micro USB, porque son así de modernos). Y todos contentos con su nuevo modelito. Y todos ellos… ¡se han quedado obsoletos porque Apple ha decidido que descataloga el iPhone 5 aunque siga vendiendo el iPhone 4S! Así que a todos los que os habéis comprometido con vuestra operadora por dos años o hayáis pagado la pasta que os pedían por él, Apple considera que sois tan caducos como aquellos que tengan el iPhone original o el 3GS, con la diferencia de que éstos últimos ya han amortizado su terminal.

Otra cosa sorprendente es el otro terminal que también presentaron el pasado miércoles. El denominado iPhone “low cost”, que se comercializará con el nombre de iPhone 5C. La C quiere decir caro, porque para ser de bajo coste el que lo quiera comprar liberado tendrá que desembolsar la simbólica cantidad de 549 dólares. Eso sí los materiales con los que está fabricado este modelo sí son más baratos. Por ejemplo, está hecho de plástico, lo que abarata el terminal. Sí, sí, Apple ha cedido a las bondades del plástico a pesar de que durante años ha estado poniendo a caldo a todos los fabricantes por incorporar este material en sus terminales. Ellos siempre han sido más selectos y exclusivos y nunca trabajarían con ese elemento tan ramplón. Claro que, para intentar convencer al personal, en Apple dicen que no, que su iPhone “barato” está hecho de policarbonato. Vamos, lo que viene a ser un tipo de plástico.

De todas formas, me sorprende la indignación en cuanto al precio del teléfono de marras. ¿Qué os creíais, que Apple iba a sacar un smartphone al módico precio de 100 euros? Nunca ha estado en la política de la empresa creada por Steve Jobs presentar productos económicos. Apple no es Ryanair. Los reyes del glamour no se pueden relacionar con la chusma. Sus productos son para gente selecta y si la plebe lleva un iPhone en el bolsillo es porque han pedido un crédito o han contraído matrimonio indisoluble con su operadora de telefonía. Lo siento, pero Ferrari nunca sacaría un coche de 20.000 euros ni al propietario de un terreno en la urbanización La Finca se le ocurriría construir un conjunto de adosados. Es algo a lo que deberíamos acostumbrarnos. Si quieres un iPhone, lo tienes que pagar aunque te decantes por el modelo “low cost” y si no puedes tienes dos opciones:  te endeudas o te compras cualquiera de los que venden a 150 euros que total para chequear el WhatsApp o jugar al Candy Crush te es más que suficiente.

La crisis no está haciendo que nos acostumbremos a querer sólo lo necesario, sino que siempre queremos más. Siempre tendemos a crearnos necesidades aunque no podamos permitírnoslas, aunque sea un iPhone de plasticorro. Así que la música de hoy acompaña perfectamente: Eddie Vedder, líder del grupo Pearl Jam y que compuso esta deliciosa canción, titulada “Society”, para la película “Into the wild”. La letra es un leñazo en toda regla a la sociedad de consumo.

BYOD: Margarita quiere llevar su iPad a la oficina

Tráete tu smartphone,colega. Fuente de la imagen: http://taitcoles.wordpress.com
Tráete tu smartphone,colega. Fuente de la imagen: http://taitcoles.wordpress.com

Hace unas semanas hablaba sobre la insistencia que tenemos en poner siglas casi a cualquier tecnología,  cargo o solución.  Si existe una sigla que esté realmente de moda en esto de las tecnologías esa es BYOD.  Yo no sé a quién se le ocurrió el palabro porque feo, lo que se dice feo, es un rato.  El conjunto de letras significa Bring Your Own Device o lo que traducido al cristiano viene a ser Tráete Tu Propio Dispositivo. ¿Dónde quieren que traigas tu dispositivo?  ¿A qué dispositivo se refieren?  ¿Tal vez al mando de tu coche?  ¿Quizá a tu podómetro? No. Se trata de tu portátil,  smartphone o tablet y, lógicamente, quieren que te lo lleves a la oficina.

¿Qué fue primero?  ¿La gallina o el huevo? Pues con esto del BYOD ocurre lo mismo.  No se sabe quién fue primero,  si los usuarios que se llevaban sus dispositivos a las oficinas,  motu propio,  y accedían a aplicaciones de la empresa porque se negaban a prescindir de su smartphone o si fueron las empresas que vieron un chollo en eso de no tener que adquirir hardware adicional para sus trabajadores.  Algo de ambas cosas hay, aunque es cierto que esa cosa llamada consumerización y por la que son los usuarios los que ahora marcan las tendencias del mundo tecnológico, incluso en la empresa, es en buena parte responsable del éxito de la horrenda sigla.

Desde hace varios años, son muchos los trabajadores que se han llevado el portátil de la empresa a sus casas.  Sin embargo,  hubo un momento en que al señor Medina le dio por llevar su iPhone a la empresa y vió que le molaba más acceder al correo de la empresa desde él que desde la Blackberry. Y Margarita, siempre atenta y envidiosa de los aparatos que traían sus compañeros descubrió que era mucho más interesante gestionar su cartera de clientes desde su iPad personal, ya que además le permitía enseñar las fotos del último crucero que se había marcado con su amante Antonio, el macizorro administrativo de contabilidad, que a su vez utilizaba su portátil para leer el Marca mientras estaba en el aseo.

Y es que ahora los empleados se siguen llevando el portátil de la empresa a casa pero a la oficina van además con su set completo y personal de terminales móviles.  ¿Y qué ocurrió?  Pues que los directivos de las empresas vieron caer del cielo una pasta gansa en forma de ahorro.  Y además los empleados estaban encantados con poder utilizar su smartphone.  En realidad estaban un poco hartos de esa BlackBerry infernal que les proporcionaba la empresa.  Una vez que se acostumbraron al iPhone, al Samsung o al iPad, no querían cambiar y por supuesto la empresa no quería hacer un brutal desembolso en forma de nuevos equipos.

Esta situación no sólo afectaba a los curritos.  Los jefazos tampoco querían su añeja BlackBerry ni su portátil con procesador Intel Centrino. Ellos, además de trabajar, también querían ver vídeos de YouTube o las fotos de sus vacaciones mientras estaban tumbados en el sofá sin necesidad de tener que cambiar de máquina cada vez que estaban en modo trabajo o en modo ocio. Y BYOD era un chollo: ahorraba costes, incrementaba la productividad pues todos, curritos de a pié y jefazos, unidos de la mano por una vez,  estaban en conexión permanente.  Daba igual que estuvieran en la cama o en el baño: el jefe podía contactar con el empleado en cualquier momento y el trabajador se podía conectar al ERP de la empresa a la vez que se untaba de aceite y tomate la tostada matutina.

Pero hete aquí que el chollo puede que no fuera tanto. ¿Qué sucedía con ese empleado irresponsable que perdía móviles a troche y moche como si fuera un diputado del congreso? ¿Qué ocurre con el directivo mamón que sabe demasiadas cosas de la compañía y todas ellas las lleva en un dispositivo que apenas pesa 135 gramos? ¿Y esa manía de compartir archivos a través del DropBox, por no mencionar los agujeros de seguridad de los whatsapp?

Pues simplemente ha sucedido lo que tenía que ocurrir. Que en una gran empresa el ingeniero de sistemas se ha convertido en un paranoico con un parecido cada vez más razonable al profesor Bacterio. Y los empleados, concretamente sus malditos móviles y iPads, son los Mortadelo y Filemón a los que se enfrenta a diario. Al tipo le va a estallar la cabeza. No sabe cómo gestionar tanto dispositivo, con diferentes sistemas operativos ni tantos usuarios. Porque no: el rollo de la consumerización lo único que ha hecho es que se prescinda de la antigualla que ofrecía la empresa como dispositivo corporativo pero todos ellos llevan su móvil, su tableta y su portátil al trabajo. Y lo peor es que los fabricantes no paran de sacar nuevos artefactos y ahora también hablan de tabletófonos (o phablets) como si realmente los fabricantes quisieran convertir a los empleados en el super agente 86, con sus mismas torpezas intrínsecas.

Lo que empezó como un importante ahorro de costes se está convirtiendo en un quebradero de cabeza y lo que la empresa dejó de gastar en móviles de última generación se lo está puliendo ahora en implementar medidas de seguridad para que ningún dato vaya más allá de donde tiene que ir. No sólo eso: también se gasta un dineral en hacer que las aplicaciones puedan correr en distintos entornos, por mucho que los programadores aseguren que la nube tiene muchas soluciones. En la nube hay también rayos y relámpagos, así que de vez en cuando también conviene tenerlos en cuenta.

La música de hoy la pone un grupo nuevo que acaba de sacar su primer EP al mercado. Son españoles, cantan en inglés y se hacen llamar The Good Old Days en un claro homenaje a The Libertines. Las reminiscencias suenan a Lou Reed o a los Stones, aunque la canción que acompaña este texto dibuja un claro parecido a REM en su álbum Monster.

Eres lerdo. Be smart my friend

El auténtico smartwatch ochentero.
El auténtico smartwatch ochentero.

Uno de los inventos que parece que va a acaparar la atención de la sociedad de consumo tecnológica va a ser el mercado de los denominados relojes inteligentes, también llamados “smart watches”. Ahora todo tiene que ser smart, y así hablamos de smart business, smartCity, smart commerce, smartphone, smartPC, smartTV… No deja de ser una ocurrencia más del creativo de turno. A mí esto de que todo sea inteligente me lleva a pensar que las empresas tecnológicas creen que somos imbéciles y por ello desarrollan dispositivos y aplicaciones verdaderamente listas que nos ayuden en nuestra necedad. Gracias a este tipo de aparatos nos sentimos más poderosos. Somos los amos del mundo y les otorgamos toda nuestra confianza, por mucho que, por ejemplo, el GPS se empeñe en llevarnos por el camino más largo: si la voz surgida del aparato de marras te dice que tienes que dar un rodeo de un kilómetro para llegar a tu destino, por mucho que éste se encuentre a cien metros, se hace lo que aconseja la voz en off y punto. Al fin y al cabo es más smart que tú.

Yo pensaba, cuando escuchaba la palabra Smart, que me estaban intentando vender un coche, pero lo cierto es que ese vehículo ovoide fue el precursor de toda una fiebre en el sector tecnológico. Lo inteligente está aquí y a ti te hará idiota.

Como he mencionado, lo último en incorporarse al mundo inteligente han sido los pelucos. Antes se presumía de Rolex, Omega,… Se supone que en poco tiempo Apple sacará a la venta su iWatch y entonces el mundo de la joyería cambiará por completo. Te convertirás en un completo espécimen si no te compras el reloj de la manzana. Ya estoy viendo la fiebre subir de temperatura:

–          Me he comprado el peluco de Apple… ¡Mola mazo!

–          Pues yo lo he pillado en negro que le da un aire más sofisticado

Vamos a ver que la idea puede ser cojonuda, pero tengo la sensación de que a veces nos olvidamos de la función principal. Un reloj sirve, fundamentalmente para saber qué hora es, no para consultar el correo electrónico. Básicamente porque te vas a tener que dejar los ojos si quieres leer un e-mail en la pantalla de un reloj. ¿Acaso no tenías suficiente con el móvil? Claro que lo del móvil es lo mismo: ya no se utiliza para hablar. Ahora se prefiere utilizar el whatsapp o el Line. Da igual que un tema lo puedas resolver en una conversación de un minuto. Es mejor darle al teclado virtual y mandar emoticonos y tirarte un cuarto de hora mandando mensajes…

El caso es que como Apple ha estornudado ahora estamos todos detrás de ver con qué cacharro nos va a sorprender la compañía de Cupertino… sólo que esta vez la idea no es nueva. El reloj inteligente existe desde hace muchos años y no, no lleva la firma Apple. Por ejemplo, la japonesa Seiko, que también fabrica impresoras (bajo la marca Epson) ya empezó a desarrollar los primeros teléfonos inteligentes. Eso sin olvidarnos de los famosos Casio Calculadora que muchos llevábamos en nuestras muñecas allá a principios de los 80 (sí y también se llevaban las hombreras, los pelos cardados y los pantalones tobilleros). Algunos, rizaban el rizo y en vez de calculadora incorporaban un pequeño videojuego con el que se podían abstraer de las tediosas clases de Lengua. Pero fue IBM, allá por el año 2000, la primera que empezó a dar un salto cualitativo en esto del tema del peluco inteligente. Funcionaba con Linux y el Gigante Azul llegó a un acuerdo con la relojera Citizen para su posterior comercialización. Claro que no se llamaba smartwatch, sino Watchpad. Entre otras funciones incorporaba Bluetooth y reconocimiento de huella dactilar.

Sin embargo ha sido insinuar Apple que va a sacar al mercado el iwatch, para empezar todos a alabar lo visionaria que es la compañía. ¡Joder, si hasta Sony ya ha sacado al mercado un reloj similar y Samsung lo va a hacer también y lleva trabajando en ello desde los años 70. Así que no. Apple, (tampoco) en este caso ha descubierto la pólvora De verdad que no entiendo este afán por hacer de Apple la compañía más visionaria del mundo de las TICs cuando NO LO ES.

En fin que en los próximos meses nos enfrentamos ante la invasión de los relojes inteligentes dirigidos al mercado del memo. Si se tiene un smartphone, el reloj pierde su sentido, por mucha tecnología que incorpore. Son muchas actualmente las personas que han prescindido de su peluco, porque la hora la miran… ¡Sí, efectivamente!, en el móvil. El smartphone ha arrasado con todo: con los reproductores MP3, con las cámaras fotográficas, y también con el reloj así que carece de sentido un invento de semejantes prestaciones.

De todas formas, los relojes no tienen la exclusividad friki del mundo Smart. De tan tontos que somos también tenemos las Smart Shoes. Horteras donde las haya y con altavoz incorporado son unas zapas que hablan al usuario. Como no tenemos suficiente con el individuo que va con el auricular bluetooth en la oreja mientras habla o los latinos con su bachata tronando desde el altavoz del smartphone, ahora vamos a ver a los que se dedican a correr por el parque (perdón, los runners) escuchando los consejos que le dan sus zapatillas inteligentes. ¿De verdad que queremos hacer footing o jugar al baloncesto con un altavoz en nuestros pies? El proyecto de esta zapatilla es de Google, pero el pasado enero Apple patentó algo similar como se puede ver en este link de patentes de EE.UU. ¿Qué nos jugamos a que dentro de unos meses estamos hablando de la gran innovación de Apple?

Lo dicho, tanto Smart lo que nos demuestra es que somos lerdos o al menos las compañías nos deben ver así. La tontuna se apodera de nosotros y nosotros le hacemos el juego a todas. Así que sí, definitivamente debemos ser bastante obtusos.

La música de hoy la pone The Dandy Warhols. Un maravilloso grupo que pasaba desapercibido hasta que Vodafone realizó durante años sus campañas publicitarias con este tema. De este conjunto se ha dicho que práctica un rock psicodélico parecido al de la Velvet Undergroud aunque a mí me suena más a David Bowie o a Lemonheads.