¿Realmente necesitas este móvil?

El nuevo Galaxy S4.
El nuevo Galaxy S4.

El pasado jueves Samsung presentó en Nueva York el que será su nuevo dispositivo estrella para los próximos meses. La ciudad elegida no es baladí. Los coreanos se lanzan a intentar conquistar el mercado americano, uno de los pocos en los que no lideran el mercado de los smartphones. Así que la estrategia está clara: nos gastamos una pasta en merchandising y marketing, invitamos a periodistas y bloggers a pasar tres días en la Gran Manzana y bloqueamos Times Square, en pleno Manhattan, para que todo el mundo hable del Galaxy S4. Todo muy americano… salvo por el presidente que como buen coreano no logra enganchar al auditorio con los mensajes. El móvil en sí, ya lo habréis leído en varios lugares, es una copia del S3 al que le han añadido alguna aplicación de software interesante y le han mejorado la cámara.

La nueva era del smartphone está haciendo que las empresas y los usuarios se vuelvan locos. ¿Realmente necesitas el nuevo móvil de Samsung? ¿Realmente necesitan los coreanos sacar un nuevo terminal cuando tienen no uno, sino varios teléfonos que todavía tienen recorrido? A lo mejor si se hubieran esperado hasta septiembre le podían haber mejorado el diseño (y no utilizar el plástico como elemento fundamental de construcción), le podrían haber metido más y mejores aplicaciones y podrían habérselo currado un poco más. Samsung tiene muy buenos modelos, que para nada se han quedado obsoletos y por tanto no tenían necesidad de colocar en el mercado el nuevo terminal. Bastaba con esperar un poco para sacar un teléfono mejor. En realidad han pecado de lo mismo que le ocurrió a Apple en su momento cuando sacó el iPhone 4S.

Las prisas no son buenas consejeras, que dice el refrán. Y en este caso creo que el Galaxy S4, siendo un buen teléfono, ha sido sacado con precipitación. Pseudoperiodistas y bloggers han ido, durante meses, caldeando el ambiente con falsas informaciones y rumores de todo tipo acerca de las prestaciones del nuevo terminal. Es muy propio de las compañías tecnológicas actuales fiarse de lo que señalan las redes sociales y creer a pies juntillas en lo que se expresa en ellas. Craso error, machote. El Twitter engaña más que la falsa moneda y el Facebook también.

Pero los usuarios también son culpables de esta paranoia móvil. Luego nos quejamos de cosas como las de la obsolescencia programada:

–          ¡Joder, se me ha estropeado la lavadora y me dice el técnico que para lo que me va a costar cambiar el motor, mejor me compro una nueva!, – exclama indignado el incrédulo usuario.

–          Y, ¿cuánto tiempo tiene?, -pregunta el amigo

–          ¡Si sólo tiene 7 años! Es que ahora fabrican los electrodomésticos para que se estropeen cada cierto tiempo. Y, fíjate, ¡mi madre sigue con su lavadora de hace 20 años!

Efectivamente, chaval. La obsolescencia programada existe y te irrita. A mí también. Pero resulta que tú eres el auténtico obsolescente programado porque mientras te indignas por tener que comprarte un electrodoméstico que ni siquiera ha alcanzado la década de vida, estás negociando con tu operadora para que te dé el último smartphone del mercado cuando el tuyo no tiene ni un año de vida. Concretamente, tienes un pedazo Samsung Galaxy S3 que te compraste hace 9 meses. Así que, ¿para qué quieres un nuevo modelo? A lo mejor es que te gusta estar esclavizado con tu operadora a la que le pagas y le proclamas más fidelidad que a tu pareja a cambio de un terminal que NO NECESITAS.

Es verdad que una lavadora no es algo sugerente, por mucho diodo led que le quieran poner. Al final su máximo atractivo radica en ver cómo da vueltas y más vueltas la ropa y esto no da para mucha conversación. No es lo mismo estar en un bar hablando sobre la última app que te has descargado que entablar una conversación acerca de las 800 revoluciones por minuto del centrifugado.

De un lavavajillas ya ni hablamos. Si por lo menos la puerta fuera transparente a lo mejor podríamos charlar sobre los beneficios de poner más o menos dosis de abrillantador o de los efectos de la sal en el giro de las aspas mientras éstas esparcen agua.

Con los móviles es diferente. Existe una paranoia colectiva por el último modelo. Algo que no ocurre en ningún otro apartado del mundo TIC. No, ni con las tabletas, ni con los ordenadores, ni con el software CRM, ni siquiera con el mundo cloud existe semejante ansia.

A lo mejor es una cuestión de tamaño. Porque toda esta paranoia viene desde que los móviles dejaron de ser móviles para convertirse en smartphones. Si antaño lo que se valoraba era un artilugio pequeño y manejable, ahora lo que se lleva es tener el aparatdo más grande: El otro día, tomando unas cervezas en un bar con un amigo, observo que no para de moverse en el taburete. Empiezo a estar preocupado y cuando le miro la entrepierna noto un bulto nada sospechoso. Es imposible que a mi colega, después de muchos años, le provoque erecciones. Así que empiezo a pensar que, dados sus movimientos, a lo mejor se ha sometido a una operación de alargamiento del miembro. Pero no. De repente se saca del bolsillo un móvil (de esos que ahora se llaman phablet, ni tablet, ni teléfono) de más de 5 pulgadas que era el responsable de sus vaivenes y del repentino crecimiento del miembro.

–          Pero, ¿cómo vas con eso ahí?, -le pregunto

–          ¡Ah! Casi se me olvida enseñarte mi nuevo móvil, -me contesta

–          ¿Tu nuevo móvil? Pero si no puedes ni sentarte en condiciones con tu nuevo móvil.

–          ¡Qué exagerado! Si no pesa nada. Tiene unas aplicaciones estupendas, es supermanejable y es la última moda

“Pues sí, la última moda va a acabar con tu libido”, pienso yo. Y es que, en el mundo smartphone, cuanto más grande mejor. Esto es algo que hasta ahora sólo ocurría en el planeta de la gafa de sol, donde el modelo más moderno es el que tape ojos, cejas, frente y nariz: ¡perfecto para que no te vean el jeto que tienes después de una noche de fiesta loca, pero no tanto para tener una conversación decente sin saber si a quien hablas es a una persona o a un marciano salido de una lavadora!

El que sí necesita mucho equipamiento es el compositor de hoy: Xavier Rudd. A pesar del nombre, es un músico australiano que, como se ve en el vídeo es capaz de tocar un innumerable conjunto de instrumentos a la vez… un auténtico hombre orquesta al que es difícil encuadrar en un género musical concreto ya que tiene temas que van desde el Reagge, el folk, rock o incluso el blues.

Chávez, el vergatario, los P2 y los memos

El vergatario: en realidad desarrollado en China, ensamblado en
El vergatario: en realidad desarrollado en China, ensamblado en Venezuela

Tras la muerte de Hugo Chávez la semana pasada, mucho se ha escrito sobre el personaje en cuestión. Sin entrar en valoraciones sobre lo que ha hecho o dejado de hacer, lo que está claro es que era un tipo que no dejaba indiferente a nadie: alguien con carisma y capaz de comunicar. No es sorprendente que el pueblo le votase y a la hora de su deceso saliera larga en procesión y romería a venerarle. Ejemplos en nuestro país tenemos varios. El más claro de todos: Jesús Gil y en estos días Rosa Díez.

La clave de todo buen populista radica en su capacidad para decir las cosas que todo el mundo quiere oír. Todo ello aderezado con una pizca de bravuconería y un estilo “echado p’alante”. Importa poco que de lo que se trate es de hablar del imperialismo yanqui (como Chávez) que de despreciar a la clase política y sus dádivas aunque tú lleves beneficiándote de ellas desde 1979 (como Rosita). De lo que se trata es de que mediante un lenguaje directo y, en ocasiones, chusco, lograr que el populacho se regocije y piense que va a ser él o ella los que les liberen de sus problemas y de su vida miserable. Es de eso de lo que se aprovechan personajes de semejante calado y que se han repetido a lo largo de la historia. En realidad, todos ellos, a uno y a otro lado no son más que una mera farsa.

Como buen charlatán de feria, Chávez era un tipo astuto e inteligente. Por eso era capaz de enfrentarse casi ante cualquier elemento que se le pusiera delante. Un personaje dominador de cualquier materia. Por supuesto, entre sus conocimientos también se encontraba el mundo de las nuevas tecnologías. De hecho dejó al mundo uno de los grandes avances de las telecomunicaciones del último decenio: el Vergatario.

¿Qué es lo que se esconde detrás de esta nomenclatura? Visto así de primeras parece que nos hubiéramos metido en una página web con alto contenido sexual, no apta para menores, pero no. Tras el Vergatario se esconde un móvil. Un teléfono revolucionario en todos los sentidos del calificativo. Revolucionario porque el Estado venezolano lo sacó al mercado para competir contra la tiranía de las multinacionales dedicadas a la fabricación de terminales móviles.  Revolucionario por la tecnología puntera que desplegaba y, finalmente, revolucionario porque Chávez así lo decía: “el primer teléfono fabricado en Venezuela. Todo buen revolucionario de la República ha de llevar su Vergatario (aunque él fuera más de Blackberry)”.

Analicemos el aparato en cuestión. Su primera versión es del año 2009, es decir, cuando la tecnología móvil era algo más que una promesa y por ejemplo, ya existían varios modelos de Smartphone. El revolucionario teléfono según el propio Chávez “es un aparato con capacidad para almacenar 500 contactos en su memoria, puede usarse como alarma, tiene cámara, calendario, notas de voz, cronómetro y linterna. Es ligero, liviano y sólo cuesta 10 euros”. Además y según la publicidad estaba fabricado en Venezuela (esto es otro aspecto destacable de cualquier populista que se precie: invocar al patriotismo). Bueno, hay que decir que el móvil estaba ensamblado en Venezuela pero toda su tecnología era de la multinacional china ZTE y concretamente el modelo Vergatario se correspondía en realidad con el ZTE 366.

Pero vayamos al nombre. Como buen elemento propagandístico, el teléfono tenía que tener un nombre llamativo, que quedara retenido en la memoria del personal y se optó por el de Vergatario. Hombre, podían haber elegido otro, ¿no? Vale que en Venezuela el término significa algo así como “algo o alguien que merece la pena”. Vamos, traducido al mundo teckie algo guay, moderno, fashion… en definitiva, un auténtico maquinón. Un aparato que se vendió en tales proporciones que rápidamente tuvieron que sacar a la venta el Vergatario II. En realidad esperaban distribuir un millón de unidades en su primer año, pero la cifra se quedó en 100.000 y la empresa encargada del ensamblaje sólo logró montar el 24% del total.

La realidad es que ni a Dios le interesaba ir con un Vergatario en el bolsillo. Así que se le dio la vuelta a la tortilla y el escaso éxito del terminal según el propio Chávez y su ausencia en las tiendas era debido a que “el Vergatario salió y de inmediato desapareció de los mecanismos de distribución, de un sistema de flujo permanente” gracias a que todo el mundo andaba pegándose por adquirir un móvil de última generación (salvo Chávez que prefería la BB).

A lo mejor si le hubiera puesto otro nombre las ventas hubieran sido mejores. Pero no debe de ser el caso, porque la realidad es que son muchos los fabricantes que designan a un producto con un nombre que incita más a la chanza que a que lo compres por las bondades que pudiera tener.

Así que en esto del nombre Chávez no tiene la exclusiva. Sin ir más lejos en el pasado Mobile World Congress, los chinos de Huawei presentaron su Ascend P2. Hombre, P2 en español para un teléfono suena mal, pero es que si lo ponemos en inglés PI-TU tampoco es que sea muy sonoro. Más bien parece que están hablando del nuevo Vergatario en bable.

Y luego tenemos al fabricante del Vergatario original. Nuevamente la china ZTE también ha presentado en el MWC un Smartphone al que le ha llamado el Grand Memo. Hombre, si lo que quieres destacar  es su capacidad de memoria, llámale Memory, o memorión pero no le llames Memo, porque entonces lo que me da la sensación es que me encuentro ante una bazofia de teléfono. Hombre, por favor, que no queda nada bien eso de decir: “Mira, llevo un gran memo en mi bolsillo”. En fin, que en esto de los nombres, a los directores de marketing se les podían ocurrir cosas mejores o al menos más apropiadas.

La música de hoy va a ser de un tipo que el viernes pasado ofreció un concierto en Madrid y que responde al nombre de Josh Rouse. Un cantante / compositor que hace un pop y un folk-rock delicioso y que tiene desde hace muchos años fijada su residencia en España y tiene varios temas en nuestro idioma.

Los coreanos jamás pisarían un supermercado Día

Cajas tiradas en pasillos, estanterías de metal... Bienvenidos a Día
Cajas tiradas en pasillos, estanterías de metal… Bienvenidos a Día

Mirad con atención la imagen. Seguro que os suena y alguna vez habéis pasado por ahí. En efecto, es un Día. No importa la edad que tengas ni donde vivas. Son todos iguales, ya se encuentren en Madrid, en Valladolid, en Barcelona o en Benavente. Y son así desde tiempos lejanos. Meterse en un Día es retrotraerse en el tiempo: estanterías de metal, con salientes oxidados, de esos que en los parques infantiles están prohibidos porque si un  niño sufre una caída no se abre la cabeza. En estos supermercados siguen existiendo, así que puede ser probable que si te agaches a coger el paquete de lentejas, cuando te levantes te lleves de recuerdo una pequeña brecha.

¡Ay el Día! Ha permanecido inmutable, ajeno al paso del tiempo. Vive en una burbuja sin importar los cambios sucedidos alrededor. Tiene algo que cualquier empresario que se precie desearía mantener: la clientela. El que se acerca a uno de estos supermercados y compra, es un cliente fiel. Le da igual la estética, no le afecta que, como se ve en la imagen, uno se encuentre cajas vacías de mercancía en cada pasillo. El cliente del Día sabe  a lo que va. Conoce de primera mano en qué lugar se encuentra el paquete de macarrones. Nunca está colocado en el mismo lugar y bien puede aparecer entre los envases de leche en tetra-brick que entre las latas de conserva. ¡Si hasta los ultramarinos de los chinos están más ordenados! Y es que, ir a esta cadena de supermercados es toda una aventura: la higiene de los suelos es, digámoslo, mejorable.

Ahora que se lleva el rollo retro y el vintage, nadie podrá superar al Día por mucho que uno se lo proponga. Cuenta además con una ventaja añadida: no te clavan. Uno va a comprar ahí y sabe que va a pagar un precio justo, no como sucede en las tiendas de la calle Fuencarral en donde por una levita de la que se ponía tu abuelo te cobran 1.000 euracos de vellón y la gente sale feliz: “es que es superfashion. Además se ha tejido siguiendo el mismo patrón de hace 50 años”. ¡Gilipollas! Lo que han hecho es timarte. No, en el Día eso no ocurre. Por eso SÍ es vintage. Es de los pocos lugares en los que todavía puedes encontrarte a la señora en zapatillas y con bata de guata “porque he bajado de casa a hacer unos mandados”. También, lógico, te puedes encontrar al yonki ochentero, con su característico deje en la voz que ha venido a comprar su DanUp, aunque él en realidad siempre fue de Yop de Yoplait, pero ese ya no se ve por las tiendas.

Aunque luego lo niegue, aparecerá la señora “envisonada”, esa se encuentra en cualquier barrio obrero de una gran ciudad y que su única pretensión es la de aparentar. Sí, esa cuyas muñecas no se ven de la gran cantidad de bisutería dorada que lleva encima. Esa maruja que ha de bajar al “autoservicio descuento” cuando se encuentra a punto de cerrar o a primera hora de la mañana para no encontrarse con la vecina del primero. Y por supuesto, es de los pocos lugares en los que nos podemos encontrar con la dulce abuelita de pelo violeta que baja a por su litro de leche para el desayuno y a por la comida del gato. Porque sí, si hay una anciana con el pelo pintado de violeta, indefectiblemente un par de gatos habitan con ella.

La realidad es que estos supermercados son un auténtico desastre (ojo, el Lidl no se queda atrás) y me da que por mucho que se esfuercen tampoco quieren que cambien. En realidad el cliente del Día adora esta calamidad. Y no, nunca irá al Mercadona a hacer la compra, por muy ordenados que estén los estantes y por muy modernos que sean. Así que aunque parece que intentan cambiar la imagen y acercarlo más a los tiempos que corren, estoy convencido de que la gran mayoría de los supermercados Día seguirán como están. ¿El Día Market? Pero, ¿qué demonios es eso? Algo para atraer a nuevos clientes, más selectos,… vamos, para atraer al cliente Mercadona, pero ya te digo yo que la abuela del pelo morado seguirá comprando en su Día de toda la vida porque es lo que le gusta.

Me parece bien toda esa política de mantener la estética vintage, pero, ¿por qué tienen que estar los productos y las estanterías desordenadas? ¿Por qué las galletas María aparecen donde se encuentran las judías pintas? ¿Por qué cuando se acaban todos los tetra-bricks de leche, la caja en la que estaban almacenados tiene que estar tirada por los pasillos? Y lo que es más importante, ¿por qué los cajer@s tienen siempre esa cara de vinagre?

El coreano haciendo la compra
El coreano haciendo la compra

En otros países estas cosas no ocurrirían. Mirad ahora esta otra foto. Estantes bien ordenaditos, cada artículo en su lugar: los yogures con los yogures, la leche con la leche, las bebidas isotónicas donde corresponde. La gente sabe lo que quiere y tiene la certeza de que lo va a encontrar en su sitio correspondiente. Claro, no es tan divertido como el Día… ¿o sí? Pues a lo mejor no, pero puede ser estresante. Esa imagen se corresponde con el metro de Seúl y la gracia está en que en el estante no hay nada. Sí, sí. NADA. Se trata de estantes virtuales situados en las cristaleras que separan el andén de las vías del tren. En ellos se recrea la imagen de las estanterías de un supermercado. Así que si terminas de currar, te bajas al metro para ir a tu casa y mientras esperas a que llegue, haces la compra, como se ve en este vídeo. Tan sólo hay que enfocar a los productos deseados con el smartphone y gracias al código BIDI se va almacenando la compra virtual, que luego te entregará un transportista en casa. Es la fusión del mundo virtual con el real. Sólo que a diferencia del Día, en este caso se representa el futuro y en el caso del Día es otro mundo virtual: el de montarse en la máquina del tiempo y retrotraerte al pasado.

Las ventajas del supermercado coreano son claras: rapidez, sencillez, y sobre todo, no tener que aguantar a la avinagrada de la cajera con su soniquete mientras masca chicle:

–          No, no se puede pagar con tarjeta porque sólo se ha gastado 9,92€ y no se admite el pago con tarjeta en compras inferiores a 10€

–          Ah, pues tenga usted 10 € -le dice el cliente-.

–          ¿Y no tendrá 2 céntimos, es que casi no me quedan monedas de 5 céntimos?

Sí. Mientras en Día siempre te ponen dificultades para todo, en el metro de Corea han empezado a generar estress para ir a la compra. Estás venga a escanear códigos, y tienes que ir a toda leche porque el próximo tren llegará en un minuto. Desde luego la idea coreana es muy buena, aunque no veo a los del Día intentando aplicarla en España, por mucho que seamos de los países del mundo con mayor penetración de smartphones.

La música para hoy la pone Scarlett Johansson. Sí, también canta. En este caso se unió a Pete Yorn para crear un disco maravilloso llamado Break Up, un gran álbum de pop simple y sencillo en el que ambas voces se sincronizan y ofrecen un amplio espectro de matices.